EL ENEMIGO NACIONAL: NOSOTROS MISMOS – Por Marcos Chechuyka *

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Imaginemos que estamos en un país extranjero acostumbrado a la guerra. Para hacerlo más sencillo, nos encontramos conversando con un israelí, un palestino, un libanes o un paquistaní. Este, luego de un interrogatorio amable y distendido, nos pregunta cuáles son nuestros enemigos, a modo de descubrir más aspectos de nuestra identidad.

Cualquier nacionalista exagerado y algún que otro tonto que no medita sus palabras podría plantear que Chile y Reino Unido (Inglaterra, puntualmente). En el caso del primero, hace más de 30 años que no hay conflictos entre nuestros Estados y habitantes que excedan lo futbolístico y pasional y, también, han sido tantos sus enfrentamientos como sus complicidades (desde el asilo político hasta la persecución de sus ejércitos a obreros, además de estrechos vínculos comerciales). En el caso del segundo, los encuentros y la admiración mutua entre ex combatientes de ambas naciones ya es algo común. Son muchos los ciudadanos argentinos que visten la bandera imperial sin ninguna desaprobación expresada en Público y otros tantos los que gastan todos sus ahorros (con mucho gusto) para conocer aquellas lejanas tierras. La Guerra de Malvinas se ha vuelto una clave para la identidad argentina, pero esa bronca, ese odio, esa impotencia no se traduce en un rencor a los ingleses. Más bien, se canaliza en un odio a, ni siquiera su Estado o monarquía, si no a sus políticas de colonias. En fin, si nos apuran, los argentinos no odiamos a ninguna nación, y aquellos que odian no esperan una guerra en el corto ni largo plazo.

Esto sorprendería a nuestro amigo extranjero. Quizá, para ayudarlo a comprender, deberíamos intentar explicarle que los argentinos no necesitamos un enemigo extranjero. En realidad, no tenemos tiempo para buscarlo porque estamos muy concentrados en nuestras guerras internas. Si quisiéramos buscar un enemigo de la Nación Argentina, no llegaríamos a un consenso. Sencillamente preferimos pelear habitantes de una ciudad contra los de otra, partidos contra partidos, sindicatos contra sindicatos, el Poder Ejecutivo contra el Poder Judicial, el Poder Judicial contra el Poder Legislativo y así. A la vez, cada grupo armado (con prensa, caja, medios de comunicación, contactos, patrimonio cultural, etc) tiene sus facciones internas que combaten entre sí.

Un Pueblo que no logra los consensos claves para su identidad, que a casi a 100 años del surgimiento de los Hombres más revolucionarios de su historia (Domingo F. Sarmiento y Juan D. Peron) no puede consensuar ideas generales sobre ambos (aunque sean minúsculas, como el hecho de que ambos fueron revolucionarios), que no puede compartir una senda sin gritar a cada rato lo que cada uno piensa o cree, está destinada al fracaso o, para ser más justos, está condenada a no ser.

Por eso, en este 2019 los argentinos tendremos que pensar muy bien en aquel lugar común al que nos enfrentamos cada 4 años: elegir el mal menor. Este año, los argentinos deben elegir si rifar el futuro económico del país o el político. La reelección del Presidente es optar por la quiebra de las arcas del Estado, el aumento de la desocupación, la desaparición de la clase media y una suba segura de la histeria social y la violencia (está última en relación a la Inseguridad). La elección de la actual senadora por la Provincia de Buenos Aires o cualquier frente que ella avale significa el regreso de La Cámpora resentida y más soberbia que nunca (un triunfo electoral hace olvidar rápidamente que uno fue un muerto de hambre los últimos 4 años) a sectores del Poder Judicial y los servicios de inteligencia, lugares de mando que no pudieron o no quisieron reestructurar de forma alturista y terminaron asaltando como ratas, generando divisiones irreparables. En este sentido, pensemos el final de la década ganada. Concluyó con un escándalo mundial, con un fiscal de la Nación muerto, el hombre más temido del país expuesto en todos los medios y un Comodoro PY incontrolable. Muchas de las licencias que se toma la gestión Cambiemos son gracias a desprolijidades del gobierno anterior que, de enumerarlas, se necesitaría de otra nota y otro libro y otra película.

Lo peor es que, como en toda guerra, los civiles sin aires de grandeza ni delirios de poder, aquellos que trabajan por su familia, que pintan una pared para el comedor del barrio, que dan clases gratuitamente, acercan un plato de comida, juntan útiles, hacen un trabajito doméstico de buena fe al vecino que no puede y demás, son los que terminan cayendo en el fuego cruzado. Por un lado, el cambalache judicial, los servicios desordenados, el poder legislativo más preocupado por la cámara de televisión que la de la Nación, los directivos de la administración puestos por amiguismo cajista, son todos factores que, al sumarle revanchismo y soberbia, sólo afectan seriamente la vida de los que hacen el bien sin esperar nada más que vivir un poco mejor. Desde el pequeño contribuyente, al jubilado que necesita sus remedios, al padre de familia que precisa unas horas extras, etc. Por el otro, una economía despiadada, un poder adquisitivo cada vez más incapaz y mucha miseria alrededor, dejando un país de ricos y pobres, nada en el medio.

Todo esto invita a reflexionar sobre el General San Martin cuando se le ofreció la gobernación de Buenos Aires y este la rechazó, fusilado el Gobernador Manuel Dorrego, porque el odio entre ambos bandos era tal que no habría futuro posible hasta que los unos aniquilen a los otros.

*Periodista. Escritor. Director de Canal Hora 60

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