9 DE JULIO: EL CAMINO PARA DEJAR DE SER COLONIA SIGUE ABIERTO – *Por Nestor Moccia

Hora 60

Cada vez que llegan estas fechas patrias, se hace difícil dejar de preguntarse qué voluntad y qué visión impulsó a la Generación de Mayo en su decisión de construir una nación independiente.

Para aquellos patriotas debe haber estado claro que se estaban rebelando contra una de las naciones más poderosas de la Tierra, y que también se alzaban contra un sistema injusto que regía a buena parte de lo que se consideraba por aquellos días el mundo civilizado.

Iban en contra de lo establecido y de lo dominante, pero ese marco general no los acobardó, y pareciera que, por el contrario, los envalentonó. Porque si en mayo de 1810 había en las colonias un vacío de poder, con España que se tambaleaba frente a los ejércitos napoleónicos y con el propio Fernando VII depuesto y prisionero; ya en julio de 1816 el panorama había cambiado dramáticamente.

Para esos días buena parte de las revoluciones que convulsionaron la región durante la primera década del siglo XIX habían sido aplastadas por la fuerza militar y también traicionadas por algunos sectores dirigentes. De hecho, el único movimiento que aún se mantenía en pie se encontraba en las Provincias Unidas del Río de Plata donde, con muchísimos problemas internos, se preparaba la resistencia y el contraataque.

En la península el rey había retomado el trono, mientra que los ejércitos realistas en América se reorganizaban y recibían el refuerzo de tropas veteranas, enviadas desde la metrópoli después de haber participado en la derrota a Napoleón.

En lo que hoy es el norte argentino Güemes había tendido un límite infranqueable a fuerza de llevar adelante una guerra de guerrillas a punta de lanza y acompañada de un indoblegable compromiso popular. Pero también estaba claro que allí, en el Alto Perú, el conflicto bélico estaba estancado.

En muchas provincias del interior el espíritu revolucionario había decaído y en ciertos sectores el desgano crecía frente a una revolución que exigía muchísimos recursos, obstaculizaba la economía, y encima cuestionaba valores como la esclavitud, los privilegios de clase, y hasta el rol de la iglesia católica.

A pesar de este contexto desfavorable, en Tucumán, muy cerca de donde el conflicto era más caliente, un grupo de patriotas, diputados de buena parte de las Provincias Unidas, decidieron reafirmar su voluntad de ser libres y declararon la independencia.

Lo que hoy llamaríamos el “núcleo duro” patriota, había jugado sus cartas para llevar el proceso revolucionario a un punto de no retorno. A partir de ese momento la pelea era a todo o nada.

Esta determinación fue central para mantener la moral de los combatientes y el pueblo, y también fue medular para darle un sentido liberador a la labor que emprendía San Martín con el Ejército de los Andes. La declaración de la independencia le dio el impulso final indispensable para marchar hacia el corazón del poder español con un mensaje claro: hay un destino americano posible, sin la tutela española y con un nuevo régimen político basado en la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Independencia, para qué y para quién

Ha pasado mucha agua bajo el puente desde 1816 a la fecha. Estos 203 años han tenido para argentinas y argentinos muchísimos triunfos y momentos tremendamente amargos. La organización del país luego de la derrota definitiva de los realistas, implicó el desarrollo de una guerra civil sangrienta y la imposición de un modelo político-económico que al presente no contempla ni los grados de inclusión ni de democracia que todxs desearíamos.

Y es que en el fondo todavía nos estamos cuestionando elementos que son centrales: de quién somos (o debemos ser) independientes y para quién debe (o debiera) servir esta independencia.

Algunas respuestas sobre esto las podemos encontrar entre los propios ideales de Mayo de 1810 y del Congreso de Tucumán de 1816. En primer término nuestra libertad estaba ligada de manera indisoluble al destino de los “pueblos libres de Sudamérica”. Esto era mucho más que un discurso de ocasión, implicaba el reconocimiento de que el desarrollo de la región tenía una base cultural, política y económica común. Este concepto era claramen te un límite a las fuerzas que muy tempranamente empezaron a operar para constituir países territorialmente pequeños, generados como unidades de explotación de recursos naturales, fácilmente manejables por las oligarquías locales, y permeables al poder de terceros países (como Gran Bretaña, que ya extendía su influencia rápidamente en la zona).

No es casual que 10 días después de la declaración original se corrigiera el acta y se le agregara que se proclamaba la independencia no solo de Fernando VII y sus sucesores sino también de cualquier dominación extranjera. Esta oración tuvo en su momento la función de obturar las negociaciones que pretendían convertir a las provincias en un protectorado de Portugal o Inglaterra. Hoy, esa frase tiene un peso específico especial cuando vemos que las herramientas fundamentales de nuestra economía parecen moverse más al compás de las directivas de los organismos de crédito internacional que a las necesidades populares.

Es inevitable pensar que desde el primer momento la idea de los patriotas era la construcción de la Patria Grande, independiente de Europa, pero interdependiente a nivel regional. Por otro lado está claro, leyendo a Moreno o a Belgrano, que entre los mentores de la Revolución no había ninguna voluntad de convertir a nuestro país en una factoría dedicada a la producción agrícola. Ellos reconocieron desde el principio la función de la industria como la palanca principal para el desarrollo y el bienestar, pero también como la única forma de defender la autodeterminación en los años subsiguientes.

En ese marco el destinatario final de la independencia era el pueblo raso, no las oligarquías comerciales que pretendían dominar el proceso. La idea de abolir la esclavitud que estuvo tan presente desde el primer momento pero que en los hechos fue tan compleja de imponer, planteó también un proyecto económico y social que las generaciones de dirigentes posteriores no supieron o no quisieron continuar. La idea de que “todos los seres humanos somos iguales en derechos y obligaciones” fue ampliamente resistida por nuestros gobernantes, incluso -hay que decirlo- hasta el día de hoy. A lo largo de nuestra historia, una y otra vez se ha cuestionado la capacidad de los argentinos y argentinas de decidir su destino, de generar proyectos colectivos de largo alcance, y de construir un presente y un futuro mejor desde la colaboración y la solidaridad. Esta forma de pensar ha sido la clave de todos los totalitarismos, dictaduras y procesos antidemocráticos que hemos padecido, pero también han sido la llave maestra para activar los mecanismos de la dependencia.

En síntesis, la necesaria unidad regional, y la indispensable soberanía popular, son el “por qué” y el “para qué” de haber roto cadenas con “cualquier dominación extranjera”. Es por ello que ambos conceptos se han constituido en el blanco que sistemáticamente han atacado aquellxs que apuestan por una Argentina para pocos.

Cuando Macri, en los festejos por el Bicentenario y frente al Rey de España, dijo que los patriotas deben haber sentido “angustia” por liberarse, no cometió un error involuntario, sino que más bien expresó su pensamiento sincero: la independencia, para él y su equipo, es una idea anticuada e irrealizable.

De la misma forma, cuando presentan con bombos y platillos el acuerdo del Mercosur con la Unión Europea, o ahora pretenden avanzar hacia un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, lo hacen convencidos de que debemos darle la espalda a Latinoamérica; y que debemos atarnos a un destino como generadores de productos primarios, bajo un modelo que en los hechos dejará por fuera del sistema a buena parte de nuestra sociedad.

A 203 años de la declaración de la independencia, el camino para dejar de ser colonia sigue estando abierto y continúa siendo convocante. Para transitarlo hace falta inteligencia, mucho trabajo y por supuesto la íntima convicción de que este es un proyecto que solo se hará realidad impulsado y dirigido por el pueblo.

*Periodista, dirigente nacional de SOMOS.

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